10 lugares de Kioto muy poco conocidos que merece la pena visitar

Kyoto posee algunos de los monumentos culturales más importantes de de Japón. El Pabellón Dorado, Fushimi Inari, el templo Kiyomizu-dera y el bosque de bambú de Arashiyama son sin duda lugares de visita obligatoria cuando se visita la ciudad; sin embargo, limitarse a estos lugares significa conocer solamente una parte de la antigua capital y su historia.

Aún quedan en Kyoto numerosos lugares que se pueden visitar de forma muy tranquila conserva templos rodeados de montañas, jardines zen en los que todavía es posible sentarse en silencio, santuarios vinculados con conejos y ciervos y antiguas residencias que permiten acercarse a la vida de sus artistas. Algunos se encuentran relativamente cerca del centro; otros requieren utilizar autobuses locales, caminar o dedicarles una excursión de medio día.

No es que todos seran completamente desconocidos pero... pero la localización de algunos de ellos, hacen que la gente se anime menos a visitarlos a pesar de que merecen mucho la pena.

A continuación te dejamos diez lugares poco conocidos de Kyoto que merece la pena incluir en tu itinerario si quieres salir de los lugares que visita todo el mundo.

1. Kokedera o Saihō-ji: el templo del musgo

El nombre oficial de Kokedera es Saihō-ji, aunque casi todo el mundo lo conoce como el “templo del musgo”. Situado en las montañas occidentales de Kyoto, no demasiado lejos de Arashiyama, posee uno de los jardines más singulares de la ciudad.

Su jardín está cubierto por más de un centenar de variedades de musgo que crean una sucesión de tonalidades verdes alrededor de un estanque con forma del carácter japonés kokoro, que significa corazón. Los senderos atraviesan un paisaje húmedo y silencioso en el que las piedras, los árboles y las pequeñas islas parecen fundirse bajo una misma superficie vegetal.

El aspecto actual del jardín no fue completamente intencionado. Tras sufrir diferentes periodos de abandono e inundaciones, el musgo fue ocupando progresivamente el terreno y terminó convirtiéndose en su elemento más característico. El musgo luce especialmente intenso durante la temporada de lluvias y los meses húmedos en verano. No obstante, cada estación modifica la luz, el color y el aspecto del jardín.

Saihō-ji fue renovado en el siglo XIV por el monje y diseñador de jardines Musō Soseki, una figura fundamental en la historia del budismo zen y de la jardinería japonesa. Su influencia puede apreciarse en otros jardines de Kioto, pero aquí alcanza una expresión especialmente refinada.

La visita incluye prácticas budistas, como la copia de sutras, antes de acceder al jardín. Este ritual ayuda a reducir el ritmo y recuerda que Saihō-ji continúa siendo un espacio religioso, no solamente un escenario fotográfico.

Ten en cuenta que es obligatorio comprar tu entrada con antelación, el aforo es muy limitado y no se venden entradas en taquilla. Actualmente puede solicitarse mediante su sistema oficial en línea desde dos meses antes y hasta el día anterior, siempre que queden plazas. El número de visitantes está limitado y las condiciones pueden cambiar según el programa o la temporada, por lo que conviene consultar la página oficial de Saihō-ji antes de organizar el itinerario.

La entrada es considerablemente más cara que la de otros templos, pero la limitación de aforo y la práctica inicial permiten disfrutar del lugar con un grado de tranquilidad difícil de encontrar en la ciudad.

2. Santuario Okazaki: el santuario de los conejos y de la fertilidad

El santuario Okazaki se encuentra en el este de Kyoto, cerca de lugares tan conocidos como Heian-jingū, Nanzen-ji y el Camino de la Filosofía. A pesar de su ubicación, muchos viajeros pasan junto a él sin conocerlo.

Su elemento más reconocible son los numerosos conejos que aparecen en estatuas, tablillas votivas, amuletos y pequeños objetos distribuidos por el recinto. Por esta razón, también se le conoce popularmente como Usagi-jinja, el santuario de los conejos.

Antiguamente existían muchos conejos en esta zona de Kyoto y, además, el este está representado por el conejo en el zodiaco tradicional. Su asociación con la fertilidad explica que Okazaki-jinja sea frecuentado por parejas y familias que desean pedir por la concepción, un embarazo seguro o el bienestar de sus hijos. Los conejos, conocidos por tener numerosas crías, se convirtieron en un símbolo natural de estas peticiones.

Una de las imágenes más populares del santuario es el conejo negro situado en una fuente. Tradicionalmente, los visitantes vierten agua sobre la figura y le frotan el vientre mientras formulan su deseo. También resultan llamativas las pequeñas figuras de conejo colocadas junto al salón principal.

Lo ideal es combinarlo con un paseo por Kurodani, Shinnyodō, Heian-jingū o el Camino de la Filosofía.

3. Shōden-ji: un jardín zen frente al monte Hiei

En una ladera del norte de Kyoto se encuentra Shōden-ji, un pequeño templo zen apartado de las rutas habituales. Llegar requiere algo más de esfuerzo que visitar los templos del centro, pero precisamente ese aislamiento constituye parte de su encanto.

El principal atractivo es su jardín seco. Sobre una extensión de grava blanca aparecen grupos de azaleas podadas, organizadas tradicionalmente siguiendo una composición de siete, cinco y tres elementos. Tras ellas no hay un muro que cierre completamente la perspectiva. El jardín utiliza la técnica conocida como shakkei o “paisaje prestado”, incorporando a la composición la silueta lejana del monte Hiei. La montaña parece formar parte del propio jardín, a pesar de encontrarse a varios kilómetros. Su belleza reside en la proporción, el vacío y la relación entre las azaleas, la grava y el paisaje distante. Sentarse frente a él durante unos minutos permite comprender por qué la jardinería zen no pretende reproducir la naturaleza literalmente, sino crear una estructura que invite a la contemplación.

El templo también posee un chitenjō o “techo de sangre”. Algunas de sus tablas proceden del castillo de Fushimi, donde los guerreros de Torii Mototada se suicidaron tras resistir un asedio en 1600. Las tablas fueron reutilizadas en distintos templos de Kioto para recordar y rezar por sus almas. El silencio y el respeto son especialmente importantes y puede haber restricciones fotográficas dentro de sus edificios.

4. Yoshimine-dera: un templo suspendido sobre las montañas

Yoshimine-dera se encuentra en las montañas de Nishiyama, en el extremo suroccidental de la ciudad. Su posición elevada y la distancia respecto al centro explican que reciba muchos menos visitantes que otros grandes templos de la ciudad.

Fue fundado en 1029 y forma parte de la peregrinación de los treinta y tres templos de Kannon de Saigoku. Sus edificios no están concentrados alrededor de un único patio, sino distribuidos por la ladera y conectados mediante caminos y escaleras.

Esta disposición convierte la visita en un pequeño recorrido de montaña. A medida que se asciende aparecen pabellones, puertas, estatuas y miradores desde los que se contempla la cuenca de Kioto. En días despejados, las vistas permiten apreciar tanto la ciudad como las montañas que la rodean.

Uno de sus elementos más célebres es el Yūryū no matsu, un pino cultivado horizontalmente cuyo nombre puede traducirse como “pino del dragón deslizante”. Sus ramas, sostenidas sobre soportes, se extienden a lo largo de decenas de metros y forman una de las siluetas más singulares del recinto. Yoshimine-dera es especialmente hermoso durante la floración de los cerezos, la temporada de hortensias y el otoño. Sus arces cubren la montaña de tonos rojos y naranjas, pero incluso entonces suele conservar una atmósfera más pausada que los templos céntricos.

Para llegar es necesario tomar un tren hasta Mukōmachi o Higashi-Mukō y continuar en autobús. El servicio no es muy frecuente, por lo que resulta esencial comprobar los horarios de ida y vuelta. Para esta visita, conviene reservar al menos medio día y llevar calzado cómodo. Debido a las pendientes y escaleras, no es una visita completamente accesible para personas con movilidad reducida.

5. Santuario Kamo de Keihoku: cedros, musgo y silencio rural

No debe confundirse con los famosos Kamigamo y Shimogamo, situados al norte del centro de Kyoto. El santuario Kamo de Keihoku se encuentra mucho más lejos, en una zona rural y montañosa perteneciente administrativamente a la ciudad. Su acceso discurre entre aldeas, campos y bosques. Al aproximarse al santuario, un camino cubierto de musgo se introduce entre elevados cedros hasta alcanzar un pequeño conjunto de edificios de madera.

Aquí no encontraremos grandes puertas monumentales, tiendas ni grupos organizados. El atractivo está en la atmósfera: el sonido del bosque, la humedad sobre las piedras y la sensación de estar entrando en un santuario estrechamente ligado al territorio que lo rodea. Este aislamiento permite apreciar una cara de Kyoto que suele quedar fuera de los itinerarios turísticos habituales y tiene una atmósfera que recuerda a las películas de Studio Ghibli.

Esta visita requiere cierta planificación. El transporte público hacia Keihoku es limitado y el tramo final puede requerir una caminata considerable. El coche facilita mucho el desplazamiento, especialmente si se desea combinar el santuario con otros rincones del norte rural de Kioto.

6. Taizō-in: uno de los jardines más bellos de Myōshin-ji

Myōshin-ji es un enorme complejo zen situado en el noroeste de Kyoto. Está formado por numerosos subtemplos, muchos de los cuales permanecen cerrados al público. Entre los que pueden visitarse destaca Taizō-in, fundado hace más de seiscientos años. Su tamaño es reducido, pero reúne diferentes formas de arte y jardinería japonesa. El templo conserva un jardín seco atribuido al pintor Kanō Motonobu, en el que piedras y grava representan un paisaje de montañas y agua.

También alberga una copia de Hyonenzu, “Atrapando un siluro con una calabaza”, obra asociada al pintor Josetsu. La escena presenta un problema deliberadamente absurdo: ¿cómo puede atraparse un pez resbaladizo con un recipiente de superficie igualmente lisa? La imagen se relaciona con las paradojas utilizadas por el zen para cuestionar el pensamiento convencional.

El recorrido continúa por Yokō-en, un jardín moderno de paseo alrededor de un estanque. La composición incorpora una cascada, rocas, musgo y vegetación estacional. Su aspecto especialmente cuidado contrasta con la mayor austeridad del jardín seco. Junto al sendero puede escucharse un suikinkutsu, un dispositivo enterrado bajo una pila de agua. Las gotas caen en una cavidad y producen un sonido metálico y profundo, semejante al de un instrumento musical oculto.

Taizō-in es muy agradable durante la primavera, cuando florece su cerezo llorón, y en otoño. Sin embargo, su combinación de pintura, arquitectura y jardines hace que merezca la pena durante todo el año. Después de recorrerlo, recomendamos pasear sin prisa por las calles interiores de Myōshin-ji. Aunque no todos los subtemplos pueden visitarse, el conjunto permite experimentar la escala de una auténtica ciudad monástica.

7. Bishamon-dō Monzeki: arces rojos en Yamashina

Bishamon-dō Monzeki se encuentra en Yamashina, al otro lado de las montañas orientales de Kyoto.

El término monzeki indica que el templo estuvo históricamente dirigido por sacerdotes pertenecientes a la familia imperial o a la aristocracia. El edificio actual fue reconstruido en Yamashina durante el siglo XVII y está dedicado a Bishamonten, una divinidad protectora asociada con la fortuna y uno de los Siete Dioses de la Suerte.

El acceso más fotografiado es una empinada escalinata de piedra que asciende entre árboles hasta la puerta principal. Dentro aparecen salas decoradas, pinturas murales y un pequeño jardín que puede contemplarse desde los edificios. El templo conserva curiosas pinturas en las que la perspectiva parece cambiar cuando el observador se desplaza. Entre ellas se encuentran representaciones de una carpa y de una mesa cuyos elementos parecen seguir la mirada del visitante.

Bishamon-dō es conocido sobre todo por sus colores otoñales. Los arces cubren de rojo el acceso y las hojas caídas forman una alfombra sobre las escaleras. Durante el momento álgido de la temporada puede recibir bastante público, por lo que deja de ser un lugar completamente solitario. Fuera de esas semanas recupera una atmósfera mucho más tranquila. La primavera, con sus cerezos, también constituye un buen momento para visitarlo.

Desde las estaciones JR, Keihan o de metro de Yamashina hay que caminar aproximadamente veinte minutos, con un tramo final en ascenso.

8. Rurikō-in: el reflejo de los arces sobre una mesa

Rurikō-in, situado en la zona de Yase, es conocido por una de las fotografías más reproducidas del otoño de Kyoto: los arces del jardín reflejados sobre una superficie oscura y pulida del segundo piso. El edificio fue originalmente una residencia y conserva una arquitectura abierta hacia el paisaje. Ventanas, columnas y aleros enmarcan la vegetación, haciendo que el jardín parezca entrar en las habitaciones.

La imagen más famosa se obtiene en el shoin, donde el verde de los arces en primavera o sus tonos rojos en otoño se reflejan sobre una gran mesa. Sin embargo, reducir Rurikō-in a esa fotografía sería un error. El recinto también posee un jardín de musgo atravesado por agua, pequeñas linternas de piedra y espacios desde los que observar la vegetación con calma.

No es ya un secreto para los aficionados a la fotografía, pero sigue siendo un lugar inusual porque no abre de forma permanente. Tradicionalmente ofrece periodos especiales de visita en primavera y otoño y, algunos años, también durante el verano. Las fechas, el precio y la necesidad de reservar pueden cambiar de una temporada a otra. Antes del viaje es imprescindible consultar el apartado oficial de visitas de Rurikō-in.

Para llegar se utiliza la línea Eizan hasta Yase-Hieizanguchi. El trayecto constituye parte de la experiencia, especialmente durante la temporada de hojas otoñales. Si quieres disfrutar del ambiente con cierta tranquilidad, es preferible evitar los fines de semana y acudir a primera hora.

9. Casa Museo Memorial de Kawai Kanjirō: arte y vida cotidiana

Entre las calles de Higashiyama se conserva la antigua casa y taller de Kawai Kanjirō, uno de los ceramistas japoneses más importantes del siglo XX. Es un lugar especialmente recomendable para quienes quieran intercalar algo distinto entre las visitas a templos y santuarios.

Kawai Kanjirō estuvo estrechamente vinculado con el movimiento mingei, que defendía la belleza de los objetos cotidianos creados por artesanos anónimos. Junto a figuras como Yanagi Sōetsu y Hamada Shōji, contribuyó a revalorizar la cerámica, los tejidos, la madera y otros trabajos populares en un momento de rápida industrialización.

La casa fue diseñada por el propio artista en 1937. Combina elementos de las viviendas urbanas de Kioto con influencias de la arquitectura rural japonesa. En su interior aparecen suelos de madera, habitaciones de tatami, muebles, esculturas, cerámicas y objetos que Kawai creó o reunió durante su vida.

Más que una galería convencional, parece una casa detenida en el tiempo. Las obras no están aisladas en vitrinas blancas, sino integradas en los espacios para los que fueron elegidas. Esta disposición permite comprender su idea de que el arte no debía separarse de la vida diaria. La visita incluye el taller y el gran horno escalonado o noborigama en el que se cocían las piezas. Ver el lugar de trabajo ayuda a apreciar el componente físico de la cerámica: la preparación de la arcilla, el fuego y los resultados parcialmente imprevisibles de la cocción.

10. Ōharano-jinja: ciervos y recuerdos del periodo Heian

El santuario Ōharano-jinja se encuentra en el suroeste de Kyoto, en una zona rural próxima a las montañas de Nishiyama. Fue creado como una extensión del célebre Kasuga Taisha de Nara y mantiene una estrecha relación histórica con el clan Fujiwara. Como sucede en Kasuga Taisha, los ciervos son considerados mensajeros de las divinidades. En lugar de los habituales perros-león komainu, frente al salón de culto aparecen un ciervo macho y una hembra. El motivo se repite en la fuente de purificación, los amuletos, las tablillas votivas y otros rincones del santuario.

El recinto incluye el estanque Koisawa, inspirado en el Sarusawa de Nara. A su alrededor crecen nenúfares, árboles y vegetación que cambian de aspecto con cada estación. Esta combinación de agua, bosque y arquitectura hace que Ōharano resulte especialmente atractivo en otoño.

El santuario también es conocido por el Sengan-zakura, un cerezo de floración breve situado cerca del estanque. Su nombre alude a la idea de que contemplarlo completamente florecido proporciona numerosos deseos o bendiciones. Como su momento de máximo esplendor dura pocos días, es difícil acertar exactamente con la visita.

Ōharano aparece vinculado con la literatura cortesana y con Murasaki Shikibu, autora de La historia de Genji. Las mujeres del clan Fujiwara visitaban este santuario y la propia región aparece evocada en obras y poemas del periodo Heian.

Otro Kioto más allá de sus monumentos más famosos es posible

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